Y sobre la cama él me poseía de una manera casi indescriptible, podía sentir sus testículos generar un rebote contra mis genitales lo cual me prendía como si de estopa estuviera hecha y sus movimientos cerillos fueran; mordisqueaba mis orejas, mis mejillas y en ocasiones mis hombros, los cuales se estremecían del dolor que sus dientes les generaban; volteaba a ver su rostro pues estaba sobre mí mientras le daba la espalda, sus ojos reflejaban una enorme ira, un deseo parecido al del asesino frente a su víctima, ¡y me encantaba ser su víctima!, cada vez me penetraba más duro y mis gemidos se hacían más profundos.
Paró de embestirme y me llevó fuera de la cama, sin cuestionar introdujo su pene dentro de mi boca y comenzó a penetrarme oralmente, no podía controlar el ritmo, él tenía el dominio de su miembro y de mi boca, la metía cuantas veces deseaba, casi no podía manejar la succión ni mi lengua para poder hacerle el mejor oral de su puñetera vida, puesto que lo hacía demasiado rápido, aún así lo disfruté, su pene era desmesuradamente apetecible al contacto de mis labios y mi saliva, saliva que escurría para después caer sobre mis pechos mismos que se percibían hinchados y enrojecidos, realmente antojables, no podría mentirles. Tan solo imaginen mis pezones endurecidos, unos pechos suaves, bonitos, llenos de fluidos...
Su excitación era ya demasiada que no quiso eyacular sobre mi boca así que se quitó para posteriormente tomarme del cuello, acercarse por mi espalda y penetrarme una vez más, sentía sus labios sobre mi cuello y su mano tratándome de ahorcar, perdía el aliento, se me nublaba la vista, y él no dejaba de aparearme, perdí un poco el conocimiento y fue entonces, que se dispuso a arrojarme hacia la cama para seguir haciéndomelo y eyacular en mis nalgas.
-Mapachita



