Como costumbre me metí a bañar, acababa de llegar a casa y siempre el agua hirviendo hace bien a mi cansado cuerpo. Empecé a quitarme los pantalones los cuales me quedan apretadísimos, y después de luchar contra ellos se dispusieron a salir de entre mis piernas y tobillos. Pasé a colgarlos como lo hago con toda ropa sucia para al salir del baño recogerla sin problema, saqué la blusa por mis brazos y mis pezones se endurecieron por el frío percibido, bajé mis bragas, mi vulva estaba entumecida al igual que el resto de mi cuerpo pues ya la piel se me había puesto de gallina, entré a la regadera mientras el vapor del agua ya se hacía visible; a decir verdad, disfruto demasiado tomar baños así de calientes. Mi cuerpo suele estremecerse como a la vez también relajarse, yo lo disfruto demasiado.
Es excitante obtener ese delicado roce y salvajismo de la hirviente agua que cae sobre mi cuerpo generándole un enrojecimiento a mis pechos que es donde más lo noto ya que al observar hacia abajo mi mirada es con lo primero que se topa, lucen bien.
Después de 15 minutos de relajación y de higiene personal, tomé la toalla para secarme, temblaba del frío, me la enredé para cubrir las partes de mi cuerpo y salí de ahí, ya limpia y tranquila pero con el cabello mojado escurriéndose, eso entumecía mi cuello solo quería entrar a mi recámara y posarme bajo las colchas a espera del calor necesitado.
La casa estaba sola y al salir noté rápidamente a un extraño indagando en la cocina, no se le miraba el rostro porque un pasamontaña se la cubría, típico de los tíos ladrones. Era alto, un poco robusto, sus manos eran grandes, vestía con pantalones un poco deslavados y una chamarra oscura ah y casi lo olvidaba, portaba botas negras, no elegantes, me imagino que eran esas llamadas “puntas de fierro” lo que le daba una apariencia ruda y faltaba menos; interesante.
Ah decir verdad no sentí gran miedo, era más la pena de estar desnuda bajo una húmeda toalla, misma que podría ser despojada en un par de segundos dejando al desnudo mi celulítico cuerpo, sí, me generaba más miedo eso que cualquier otra atrocidad.
Se preguntarán cómo habrá entrado el puto ladrón y ni yo me lo llegué a cuestionar, suelo dejar la puerta abierta por descuido, soy demasiada distraída que me importa poco la seguridad, como todos, jamás pensamos en que nos pueda pasar a nosotros, dejamos todo eso para los demás, un grave error pero existencial.
Lo único que me pasó por la cabeza hacer fue entrar a mi recámara y encerrarme, me daría tiempo de buscar ropa limpia y poder vestirme. Pero no fue así, en cuanto puse seguro la puerta ya estaba queriéndose desarmar de tan duros golpes, a pasar unos 60 segundos reafirmé la idea que tuve sobre aquellas botas; las patadas eran ensordecedoras.
¿Acaso no le bastaba al bastardo tomar todo el dinero que le fuera posible y marcharse? No, tenía que joderme, joderme en sentido de molestarme, a menos eso pensé en ese instante.
Noté como la puerta estaba a punto de reventar y mientras forcejeaba para que no entrase, la toalla que tanto temía se me cayera, cayó. Sentía tanto frío me bajé a recogerla para devolverla a su lugar eventual. En ese descuido entró el tipo, sus ojos eran color claro pero exageradamente penetrables en los míos. Me miraban como si quisiera ahorcarme, vi su mano elevarse para tirar un golpe hacia mi rostro, lo hizo. Los golpes se sienten extraños cuando uno está entumecido físicamente y emocionalmente, parece adormecerse la parte atacada con un dolor inexistente y la mente viaja a lugares desconocidos olvidándonos de lo que está sucediendo en el presente.
Me vi en sus ojos enormes entonces recordé el golpe y solo le hice una ligera mueca pero no de disgusto sino burlesca pero a la vez conforme de que haya podido liberarse de esa carga, pobre hombre, seguramente está más incognoscible y perdido que yo. ¡Vaya! me dolía más su tristeza que cualquier otra paliza. Con el paso del tiempo, uno aprende a no juzgar sin antes ponernos en su lugar e idear cualquier posibilidad ajena a nosotros pero presente en esas almas violentas que les genera y les ha provocado ser así.
Me tomó por la nuca enredándose de mis cabellos sus dedos y poder jalarlos, por consiguiente, mi cabeza se elevó, él no dejaba de mirarme, pienso yo que solo quería provocarme miedo y así alimentar sus vacíos pero lo que no sabía es que al igual que él, vacía estoy y no me asusto con facilidad porque no demuestro lo que siento o mejor dicho, no siento.
No conforme, pegó mi cara contra la suya y sus labios carnosos un poco partidos por el frío y resequedad en el ambiente se juntaron con los míos, no me introdujo su lengua al instante, supo esperar, en cuanto sentí su pene rozar la toalla que cubría justamente mis partes íntimas fue ahí donde su lengua se adentró un poco más, gemí, era excitante estar en manos de un hombre sin rostro, un hombre sin nombre, un hombre enfermo y falto de amor; imaginé su triste infancia y la trágica vida en su adolescencia. Quizá actualmente él ya contaba con más o menos unos 35 años, a lo mucho o podría ser traga años y pudiese tener hasta unos 40, pero dejémosle en 37 para no errar, se me da demasiado bien calcular la edad.
Su mano comenzó a masajearme sobre la toalla, no se aguantó que por no seguir acariciándome debajo subió su mano para toparse ahora con mis pechos, lo estaba disfrutando. Su hombría en ese momento radicaba en lo duro que ya lo tenía, no aguantaba las ganas por ser ultrajada y entre comillas –violada-, aunque dudaba en tomar ese papel, no sentía estar para jueguitos sino para liberarme del estrés y qué mejor siendo yo misma.
Pasé mi mano por su pene que pedía a bombeos de sangro salir de ese escondite que le impedía actuar contra mí, ahora yo su víctima. Una fiel sumisa. Sí, demasiado cliché pero, ¿Qué?, existe la veracidad en dicha palabra que no se me ocurre en estos momentos omitirla por algún otro sinónimo. Volviendo al tema, sus ganas eran equivalentes a las mías, quitó aquella toalla que cubría mi piel, misma piel que sería besada por su boca, boca con olor a cigarro y a alcohol, ambos olores que embriaga a mi lívido mental forzando a mi cuerpo necesitar de más placer.
Mi vagina se contraía mientras su saliva se acercaba a mis muslos, lo próximo a sentir dentro no fue el músculo poderoso pasional de su lengua sino de sus dedos los cuales no tardaron en mojarse, mi vagina estaba ya preparada para sentir su vigor, su fuerza, sus movimientos, sus deseos, su firmeza pero sus dedos parecían más impacientes que su propio pene. Continuaba la espera.
Pasó a besarme el vientre, alrededor de mi ombligo, en esos momentos suelo acariciarles el cabello, me fascinan que lo traigan seco y sentir la suavidad del mismo pasar entre mis dedos pero, no me quedó más que solo tocar un triste pedazo de tela; el de su pasamontañas. Sus labios jugueteaban con mi clítoris y sus dedos seguían mojándose. Ambas sensaciones son las que hacen irme de mi mente, abandonar el cuerpo para entrar en una especie de sueño, de fantasía, un placer inexplicable, sin embargo, no duró mucho haciéndolo.
¿Te gusta, zorra? Le contesté gimiendo que más de lo que imaginaba, apartó mi pierna derecha de la izquierda y me azotó contra el sofá, ahí sentada con las piernas abiertas se dispuso a pasar su lengua por mi vulva, sus manos por mi cuello, pecho, cerré los ojos esperando ser llenada por su miembro. No fue así, aún parecía no querer hacerme suya por completo. Odio esperar. Hay cosas que se necesitan ya.
Le bajé los pantalones para tomarlo por su pene e iniciar el acto sexual, me importaba poco si no quería, tenía qué. Bajé del sofá para medio acostarme boca abajo en el apoyabrazos pidiéndole que ya me la introdujera.
Mis nalgas se movían en posición de perrito seduciendo, su mano dio una nalgada demasiado fuerte, juraría que ya existía un enrojecimiento en ellas porque la segunda nalgada fue en la opuesta, las apretaba con fuerza, ligeras mordidas se marcaban en ellas. Su pene se movía por todo mi trasero; yo ya no podía aguantar más pero él disfrutaba hacerme esperar.
Sujetó de mi cabello para jalarlo, lo hacía con tal fuerza que lastimaba mi cuello, se tensaban mis músculos al no poder regresar a la posición normal. Dolía. Y entre esa quejadera mental gemí aceleradamente pero fue un gemido muy acortado, sin esperarlo, fue resultado de su penetración, dejé salir tanto gemido posible, me estaba dando con tremendas ganas, me gustaba, me olvidé de lo lastimoso de mi cuello. Me soltó del cabello para tomarme de mis caderas y apoyarse de ellas.
Más duro me lo estaba haciendo que le pedí que parara a lo cual no respondió, no hizo nada en absoluto, su mano tapó mi boca y mis gritos de dolor se ahogaban, en realidad ya me estaba lastimando, las lágrimas bajaban hasta mojar sus nudillos y de repente paró.
Me giró hacia él, limpió mis mejillas mojadas y mordió mis labios con desesperación. Creí que se marcharía pero se sentó en el sillón aún con el pene endurecido, hizo que le diera la espalda y me sentó sobre él, controlaba el movimiento mediante mi cadera y cintura, en ocasiones con mis piernas, me sentía lastimada y cada vez que su pene entraba en mí por completo gritaba… a veces se detenía para besarme la espalda, llenarla de caricias, palparla y susurrarle palabras tiernas y también muy sucias…
-Mapachita

Amiga neta que siempre seras mi hit jajaja ☺
ResponderEliminarQué lindo, gracias por tu comentario, saludos :D
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